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Madres imperfectas
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probando 1..2..3..
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Madres imperfectas Prueba curso 1

Mientras mi mente divaga, sentada en el sofá, inmovilizada con mi hijo dormido en brazos, la mayor jugando con la abuela y mi esposo resolviendo la comida, voy scrolleando en Instagram: mi “idiotizador” de preferencia cuando no tengo energía para pensar y tampoco puedo moverme.

Me encuentro con una publicación de un comediante haciendo chistes sobre el colecho: cómo decía que jamás lo haría y cómo terminó haciéndolo. Me engancho en la publicación y, como suelo hacer, me pongo a leer los comentarios para reír un poco. Entonces aparece uno que me encantó:

“Yo también era mejor madre cuando no tenía hijos”.

Qué frase tan acertada. O, como dirían en España, clavao; o como dirían los jóvenes, literal.

Justo ese mismo domingo, durante el paseo, mientras mi hija veía pantalla en el cochecito por un rato antes de dormirse —después de haber jugado un buen rato (sí, me estoy justificando y poniendo en contexto, porque yo soy la primera en criticarme)—, le digo a mi esposo:

—Siento que la gente me juzga al ver a Pati viendo pantalla en el cochecito.

Y él me responde:

—Probablemente lo hagan.

 

La verdad es que soy la primera que se juzga. Creo que podría haberlo hecho mejor: no introducirle pantalla, o dulces, o comida procesada, o darle más verduras; o hacer colecho, o haberla destetado completamente a esta altura… o… o… o…

Y también sé que siempre encontraré a alguien que difiera de mi criterio y critique mis decisiones sin siquiera saber el contexto, o incluso sabiéndolo.

Siempre hay espacio para la mejora, eso está claro. Sobre todo en aquellas cosas con las que yo misma no estoy conforme: menos pantalla (o nada), no tener dulces en casa para que ellos estén menos expuestos y, de paso, yo también lleve una dieta más saludable.

Respiro profundo y agradezco a Dios por lo que tengo y por lo que soy. Me doy un break, un respiro, me permito ser imperfecta, mientras busco mejorar cada día. En lo que me equivoque, corrijo, reparo, lo intento de nuevo, sin permitir que la culpa o la vergüenza de no ser “perfecta” —que, de paso, nadie lo es ni lo será— me quite el disfrute de ver a mis hijos reír y crecer; el disfrute de su compañía, de ser su referente, de aprender juntos y de jugar este juego llamado VIDA.

Al final del día, me quedo con esto:

1. Si en algo no estoy conforme con cómo lo estoy gestionando, nunca es tarde para cambiarlo. Eso es más valioso y constructivo que criticarme a mí misma, aunque efectivamente cambiar requiera más energía.

2. Hay muchas formas de crianza y no existe una sola manera correcta de hacer las cosas. Lo importante es hacer lo que se sienta correcto para uno y lo que funcione para mi familia.

3. No importa lo que haga: siempre seré juzgada por alguien que hace las cosas distinto a mí o que no ha pasado por una situación similar.

4. Rodearme de mi tribu: gente que entienda lo que vivo y que, aunque no me entienda, me respete.

Y esto último es lo que vengo a ofrecer aquí: hacer tribu.